Sobre el niño de Can Tunis y la profecia autocumplida


Me pregunto si el niño que un día fuimos se reconocería en la persona que hoy somos. Cada nuevo día, cada nueva persona que entre en nuestra vida, cada decisión que tomamos o dejamos de tomar nos hace ser una persona completamente distinta.
la cara y la cruz de la vida son una misma cosa, el cambio, imposible de predecir. Por lo general pensemos lo que pensemos que va a ocurrir al día siguiente, rara vez se cumple de la misma forma en que lo imaginamos.
Seguramente conservamos parte de nuestra identidad, tal vez el adulto y el niño conviven a veces y en ocasiones se niegan a reconocerse.
Es cierto que el entorno limita, es cierto que hay cosas que quedan marcadas para siempre. No obstante, lo que más obstaculiza la libertad de nuestras acciones es sin duda lo que pensamos sobre nosotros mismos, los límites que nos imponemos y las barreras que creamos y vemos como insalvables, empujados por una sociedad obsesionada por controlar y predecir prácticamente todo.
Es cierto que cuando la vida nos da una estocada lo más sencillo es tomar una actitud fatalista. Tal vez haya cosas que tengan que ocurrir necesariamente y de las que no podemos huir, aun así, lo que ocurre normalmente con esto es que no sabemos o no queremos descifrar los mecanismos ocultos que desatan los acontecimientos, y nos sorprendemos cuando estos ocurren. Así tenía que ser pensamos, es el destino.
ojala fuéramos capaces de volver a aquel niño que pensaba que todo era posible y que veía el futuro como un campo abierto lejos de preconceptos y autolimitaciones. Es inútil que nos empeñemos en controlar algo que no existe, no podemos hacer nada con el futuro. Lo único que podemos predecir y con lo que podemos contar es el cambio, que en algunas ocasiones nos guiara y en otras hará que nos sintamos perdidos pero más vivos que nunca.

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